Con poéticas opuestas -una textura surrealizante y desbordada y otra en el pespunte del lenguaje despojado y aforístico- dos poetas significativas, María Meleck Vivanco y Perla Rotzait, acaban de publicar compilaciones de sus obras: "Antología poética" y "Obra reunida. Ella ríe sin embargo", respectivamente.
Con el sello del Fondo nacional de las Artes sale la primera y esperada antología de Vivanco, nacida en Córdoba en 1921, que reúne textos de títulos publicados -entre ellos "Temblores", "Rostros que nadie toca", "Los infiernos solares" y "Canciones para Ruanda"- y de sus inéditos "Plaza prohibida" y "Los regalos de la locura".
"Obra reunida. Ella ríe sin embargo", de Rotzait, nacida en Buenos Aires en 1920, con el sello editorial Bajolaluna, incluye su producción expresada en libros como "Cuando las sombras", "El temerario" y "La seducción", "Todo se ha dicho" y "El cuerpo", más los inéditos: "Y tendrá tus ojos" y "Siete veces cero siete veces noche".
La filiación de Vivanco es decididamente surrealista en la línea que ensancharan a nivel nacional las voces de Aldo Pellegrini, Juan Antonio Vasco y Enrique Molina, aunque en su caso haya una deuda con el romanticismo exacerbado.
Una "isla carnívora", un jardín sangrante que se marchita y refulge con su flora solar, un cuerpo en llamas que se arrastra por el misterio, se dan cita en esta poesía marcada por lo bifronte: celebración y agonía, eros y thanatos: "Tengo la boca venenosa cuando tú partes".
Siempre al borde, asume una respiración desbocada en una "selva infinita", enmarañada, allí donde se abren, dice Vivanco, las compuertas del ser para la fiesta, el extravío, la lujuria.
El jadeo impetuoso es delirio, "brújula desaforada" con plenitud de imágenes sensoriales: "Por la ventana ciega de tu ombligo siento al organillero que revuelve la casa".
El encabalgamiento crea una sensación de lenguaje que se despeña; la falta de puntuación y el uso antojadizo de mayúsculas marca el fraseo de esta poesía que se ubica entre su compatriota Olga Orozco y el poeta de Martinica Aimé Cesaire.
Y en el trazo erótico, escribe: "La rabia de mi cuerpo bajo tu sexo en rabia" junto a imágenes originales, insólitas, de gran factura que apelan a un lenguaje de riesgo.
"Y se abre entre mis manos un ropero vacío" o "Siento a mi corazón como un gran jardín,/ con prostitutas tomadas de las manos", o también: "Un loco, con sus ratas Duerme en el pubis que he besado tanto".
Esta compilación viene de alguna manera a hacer justicia a una obra significativa, la de Vivanco, que por muchos años estuvo lejos de una difusión merecida.
Del mismo modo la producción literaria de Perla Rotzait, una poeta que desarrolló su hacer al margen de los circuitos literarios, encuentra una instancia reparadora en la aparición de "Obra reunida. Ella ríe sin embargo" en dos voluminosos tomos de más de 500 páginas cada uno.
Esta obra se inicia en 1961 con "Cuando las sombras", libro prologado con un poema de Rafael Alberti que en pocas líneas da un perfil de la poética de Rotzait: "Vas de la sombra a la sombra... A la sombra, oscuro sueño./ A la sombra, claridad./ Callas o lo dices todo./ Todo, pero callas más".
Mediante un lenguaje ceñido, despojado, cercano al aforismo o volcado a la poesía en prosa, Rotzait despliega un universo metafísico en la búsqueda del sí mismo. En continuos soliloquios y diálogos explícitos, la figura del interlocutor parece estar todos los seres y las cosas que la rodean.
Aquí, el ser se debate en un sueño que, entre la vigilia y la pesadilla, alimentan esa "fogata lírica", al decir de la poeta Mirta Rosenberg, que puede volverse "puro pensamiento o cosa a secas prescindiendo de adjetivos, abrirse al centelleo áureo de los universales o concentrarse en la árida materia empobrecida del lenguaje cotidiano de una sociedad que ha olvidado los nombres que dan vida a las cosas".
El vacío, el tiempo, la sombra, el sueño, son los ejes de esta poesía que trata de encontrar las orillas de una totalidad inasible. Detenida a mitad de camino entre el encuentro y el extravío, Rotzait escribe: "el tiempo se devora" Un par de líneas del poeta alemán Paul Celan -hay una recurrencia a sus versos en los epígrafes- permite enmarcar la poética de Rotzait: "Una nada/ éramos, somos, seremos,/ floreciendo;/ la rosa de nada,/ la rosa de nadie".
Así la poeta que escribe: "pobre hermano mío... sé con el corazón que está hundido en la tierra fraterna, inexistente", se toca a la línea de Celan: "cavamos una tumba en el aire", versos en los que subyacen los horrores de los campos de exterminio nazi.
El corolario de Rotzait es contundente: "No puedo imaginar./ No puedo entender"..."La naturaleza del hombre cumple su mandato: la guerra". Discurre la poeta, una y otra vez, sobre la condición humana, la banalidad del mal, el extravío de Dios, la degradación, el genocidio, el horror sin límites, la fugacidad de vivir.
Avanzando con disquisiciones que convergen en el trazo lírico y el pasaje narrativo, a ratos con aire de diario personal. Otro de sus ejes es lo nombrado, como aquello que encarna y toma rango de entidad a ratos escamoteada: "Eres lo nombrado y quien te nombra". Y también: "No sabía que nombrar era crear un mundo".
Y en la trama que urden la imagen y la mirada reflexiva, caen como gotas de plomo derretido versos de gran hondura donde el tiempo es apenas espera. Pero también, escribe Rotzait: "La muerte tiene memoria" y "Lo posible es el milagro".


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